
Por Adolfo Chasampi.
Hay decisiones políticas que parecen simbólicas, pero que en realidad expresan una manera de entender la historia, la identidad de un pueblo y el lugar que ocupan quienes durante siglos fueron silenciados.
La decisión del Gobierno de Javier Milei de recuperar la denominación «Día de la Raza» para el 12 de octubre, desplazando el sentido de «Día del Respeto a la Diversidad Cultural», abre una discusión que va mucho más allá de un nombre en el calendario: nos obliga a preguntarnos qué visión de la Argentina queremos construir.
Durante décadas, el 12 de octubre fue presentado como el recuerdo de la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492. Bajo la denominación de «Día de la Raza», se consolidó una mirada que exaltaba el encuentro entre Europa y América, pero que muchas veces dejaba en segundo plano la violencia de la conquista, el despojo de territorios, la imposición cultural y religiosa y el sometimiento de los pueblos que ya habitaban este continente.
La historia, sin embargo, no comienza con la llegada de los europeos. América tenía pueblos, lenguas, culturas, sistemas de organización, conocimientos y formas de comprender el mundo mucho antes de 1492. Las comunidades originarias no eran un espacio vacío a la espera de ser descubierto.
Eran sociedades con identidad propia, con una relación profunda con la tierra y con una historia que no desapareció con la conquista, aunque durante siglos se intentara negar su existencia.
Por eso, la transformación del nombre en «Día del Respeto a la Diversidad Cultural», establecida en Argentina en 2010, no fue una simple modificación administrativa. Representó un cambio de perspectiva: reconocer que nuestra identidad nacional no puede explicarse únicamente desde la herencia europea y que los pueblos indígenas forman parte de nuestra historia, nuestro presente y nuestro futuro.
El retroceso cultural de volver a una mirada del pasado.
Recuperar la expresión «Día de la Raza» implica reabrir una discusión que la sociedad argentina había comenzado a abordar desde una perspectiva más amplia e inclusiva. La palabra «raza», aplicada a la conmemoración del 12 de octubre, remite a una tradición histórica que celebraba la expansión europea y que no siempre reconocía las consecuencias humanas de ese proceso.
El problema no es discutir la historia ni negar la importancia del intercambio cultural entre continentes. El problema aparece cuando ese intercambio se presenta sin reconocer las relaciones de poder, la violencia y las consecuencias que padecieron millones de personas. No hubo solamente encuentro: también hubo conquista, explotación, despojo y resistencia.
La diversidad cultural no borra esos hechos ni pretende construir una historia basada en la culpa. Busca algo mucho más importante: comprender el pasado con todas sus dimensiones, reconocer a sus protagonistas y evitar que una sola mirada se imponga sobre las demás.
En ese sentido, la decisión del Gobierno de Javier Milei puede interpretarse como un retroceso simbólico respecto de una concepción de la historia que procura reconocer la pluralidad cultural de la Argentina.
Es legítimo debatir las políticas públicas y los símbolos nacionales, pero también es necesario preguntarse qué mensaje transmite el Estado cuando recupera una denominación asociada a una interpretación histórica que dejó a los pueblos originarios en los márgenes del relato nacional.
Los pueblos originarios no son parte de un pasado terminado.
En Argentina, las comunidades indígenas no pertenecen únicamente a los libros de historia. Son parte de la sociedad actual. Conservan sus lenguas, sus tradiciones, sus conocimientos y sus formas de organización, al mismo tiempo que reclaman el reconocimiento efectivo de sus derechos, sus territorios y su identidad.
En Catamarca, esa realidad también está presente.
Las raíces de los pueblos originarios forman parte de nuestra memoria colectiva, de la relación con la tierra, de las expresiones culturales y de numerosas tradiciones que atraviesan generaciones. Reconocer esa herencia no significa rechazar otras influencias culturales, sino comprender que nuestra identidad se construyó a partir de múltiples aportes y experiencias históricas.
Por eso, reducir el 12 de octubre a una celebración de la llegada europea significa correr el riesgo de invisibilizar a quienes estaban aquí mucho antes y a quienes continúan construyendo su identidad en el presente. Una sociedad democrática debe ser capaz de reconocer esa diversidad sin convertirla en una amenaza ni relegarla a una conmemoración anual.
El respeto a las comunidades originarias tampoco puede limitarse a una declaración. Debe expresarse en la educación, en las políticas culturales, en el reconocimiento de derechos y en la posibilidad de que sus integrantes sean escuchados cuando se discuten cuestiones que afectan sus vidas.
La memoria también es una responsabilidad del Estado.
Los nombres que el Estado elige para sus conmemoraciones no son neutrales. Transmiten valores, seleccionan perspectivas y contribuyen a formar la memoria colectiva. Por eso, cada cambio en el calendario oficial merece una discusión pública seria, especialmente cuando involucra acontecimientos que marcaron profundamente a los pueblos de América.
Un país que pretende fortalecer su identidad no necesita idealizar a Europa ni condenar de manera simplista todo lo ocurrido durante la conquista. Necesita estudiar la historia con rigor, reconocer sus contradicciones y escuchar las voces que durante mucho tiempo quedaron fuera de los relatos oficiales.
La Argentina tiene raíces europeas, indígenas y de muchas otras procedencias. Esa diversidad no debilita nuestra identidad: la explica. La construcción de una nación democrática exige que ninguna de esas raíces sea presentada como la única legítima y que ninguna comunidad tenga que renunciar a su memoria para sentirse parte del país.
El debate sobre el 12 de octubre, entonces, no es una disputa menor entre dos denominaciones. Es una discusión acerca de cómo miramos a los pueblos originarios y qué lugar les asignamos en nuestra historia común. Volver a hablar de «raza» no modifica lo que ocurrió hace más de cinco siglos, pero sí puede influir en la manera en que las nuevas generaciones interpretan esos acontecimientos.
No hay futuro sin memoria ni identidad sin diversidad.
La historia no se modifica por decreto. Tampoco desaparecen los pueblos porque el poder político elija otras palabras para nombrarlos. Las comunidades originarias siguen aquí, con sus derechos, sus luchas y sus aportes a una sociedad que todavía tiene mucho por reconocer.
El Gobierno puede cambiar la denominación de una fecha, pero no puede borrar la complejidad de nuestra historia ni convertir una interpretación particular en la única memoria posible. La discusión democrática exige argumentos, conocimiento y respeto por quienes fueron históricamente relegados.
El 12 de octubre debería servir para reflexionar, aprender y reconocer. No para ocultar las heridas del pasado ni para convertirlas en una herramienta de confrontación política, sino para comprender que la identidad argentina es plural y que la memoria debe incluir a todos sus protagonistas.
Porque respetar la diversidad cultural no significa renunciar a nuestras raíces. Significa reconocerlas en toda su amplitud. Y porque una sociedad que olvida a los pueblos que la precedieron corre el riesgo de construir una identidad incompleta, incapaz de comprender su propio pasado.
La historia no necesita volver atrás para ser recordada. Necesita ser contada con honestidad, sin silencios impuestos y con respeto por todos los pueblos que forman parte de ella.



