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Capilla del Rosario, clave para entender la antesala del golpe de 1976.

50 años del Golpe – Nunca Más.


La llamada Masacre de la Capilla del Rosario, ocurrida en agosto de 1974 en el departamento Fray Mamerto Esquiú, constituye uno de los hechos más significativos para comprender que el terrorismo de Estado en Argentina no comenzó de manera abrupta con el Golpe de Estado en Argentina de 1976, sino que tuvo antecedentes concretos en los años previos.

El episodio se produjo tras el intento de un grupo del ERP de atacar el Regimiento de Infantería Aerotransportada 17 en Catamarca.

Luego del fracaso de la operación, varios de sus integrantes se dispersaron en la zona serrana y fueron perseguidos por fuerzas militares y policiales, en un contexto de creciente militarización de la seguridad interna durante el gobierno constitucional previo al golpe.


El punto central que transforma este hecho en una “masacre” no es solo el enfrentamiento armado, sino lo ocurrido posteriormente. Las reconstrucciones judiciales y los testimonios incorporados en causas de lesa humanidad sostienen que un grupo de militantes fue cercado en las inmediaciones de la capilla, en condiciones de extrema vulnerabilidad.

Sin capacidad de defensa real, varios de ellos se habrían rendido o estaban ya fuera de combate cuando fueron ejecutados. Este aspecto resulta clave desde el punto de vista jurídico e histórico, ya que evidencia la aplicación de prácticas represivas ilegales que luego se sistematizarían durante la dictadura: eliminación del enemigo, negación de garantías y uso del aparato estatal para llevar adelante ejecuciones.


Desde una perspectiva más profunda, la Masacre de Capilla del Rosario permite analizar la transición entre la violencia política previa y el terrorismo de Estado instaurado en 1976. En esos años, el Estado argentino comenzó a correrse de los marcos legales tradicionales para enfrentar a las organizaciones armadas, adoptando lógicas de guerra interna que habilitaron la intervención de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad.

Este cambio implicó no solo un endurecimiento represivo, sino también la construcción de un discurso que justificaba la aniquilación del adversario político.

En ese sentido, lo ocurrido en Catamarca anticipa mecanismos que luego serían centrales en la dictadura: la clandestinidad de los operativos, la deshumanización de las víctimas y la impunidad inicial de los responsables.


A 50 años del golpe, la resignificación de este hecho adquiere una dimensión fundamental en la memoria colectiva. Durante décadas, la interpretación de lo sucedido estuvo atravesada por disputas políticas y narrativas contrapuestas: mientras algunos sectores lo presentaban como un enfrentamiento legítimo, los avances judiciales lo reconfiguraron como un crimen de lesa humanidad.

Este cambio no es menor, ya que implica reconocer la responsabilidad del Estado en ejecuciones ilegales incluso antes de la dictadura. Así, la Masacre de la Capilla del Rosario se integra hoy a una mirada más amplia sobre el pasado reciente argentino, que entiende la represión como un proceso en escalada y no como un hecho aislado iniciado en 1976.


En el presente, su recuerdo no solo honra a las víctimas, sino que también funciona como una herramienta de análisis histórico y político. La memoria de este hecho en Catamarca permite comprender que el quiebre institucional de 1976 fue precedido por prácticas y decisiones que erosionaron el Estado de derecho.

Por ello, a medio siglo del golpe, revisar la Masacre de Capilla del Rosario no es solo un ejercicio conmemorativo, sino también una forma de reflexionar sobre los límites del poder estatal, la importancia de las garantías democráticas y la necesidad de sostener, de manera permanente, el compromiso con la memoria, la verdad y la justicia.

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