Editorial.
Por Adolfo Chasampi.
Catamarca volvió a convulsionarse. No por un rumor menor ni por una declaración al pasar, sino por acusaciones graves y directas que reabren una herida que nunca cerró: el crimen del ministro Juan Carlos Rojas, ocurrido en 2022 y todavía impune.
Testimonios, audios, nombres propios y cargos de altísimo nivel institucional volvieron a poner a la provincia en el centro de una tormenta judicial y política. Sin embargo, mientras acá el tema atraviesa conversaciones, medios y pasillos judiciales, en Buenos Aires reina un silencio inquietante.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede ser que una causa que sacude a toda una provincia, que involucra a las máximas autoridades locales y que revive fantasmas de encubrimiento, no haya tenido eco en los grandes medios nacionales? ¿Qué pasa cuando la noticia no cruza la General Paz o no logra llegar a la 9 de Julio? El mutismo mediático no es neutral: también es una forma de posicionamiento.
Desde 2022, la sociedad catamarqueña reclama justicia. Lo hace con marchas, con memoria y con una persistencia que no se apaga. Y ahora, cuando surgen nuevas acusaciones que señalan directamente a figuras centrales del poder político provincial, el silencio de los medios porteños genera más preguntas que respuestas. No se trata de condenar sin pruebas, sino de informar, contextualizar y permitir que la luz pública haga su trabajo.
La historia argentina ya conoce demasiado bien lo que ocurre cuando los crímenes quedan atrapados en laberintos judiciales, cuando los nombres aparecen y desaparecen del expediente, cuando los testigos hablan pero sus palabras quedan “en análisis”, cuando el tiempo pasa y la verdad se diluye. En Catamarca, ese recuerdo está demasiado vivo como para naturalizarlo.
Que Buenos Aires no mire o no quiera mirar preocupa. Porque cuando los grandes medios callan, la sensación de desamparo crece, y con ella la idea de que hay provincias donde la verdad pesa menos, donde la justicia parece más lenta y donde el poder se siente más cómodo. El silencio, en este contexto, no calma: retumba.
Catamarca no pide privilegios. Pide lo básico: que una causa grave sea tratada con la seriedad que merece, que las acusaciones se investiguen hasta el fondo y que el país entero sepa lo que aquí está en juego. Porque no es solo un caso local: es una prueba más de cuánto vale la justicia cuando el poder está en discusión.