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El día que el Congreso perdió la honorabilidad.

Por Adolfo Chasampi.


En un país que atravesó algunos de los peores episodios de violencia institucional de su historia reciente, nunca en 43 años de democracia ininterrumpida se había evidenciado una escena de tamaña falta de respeto a la institucionalidad como la vivida el domingo por la noche en la apertura del período de sesiones ordinarias del Honorable Congreso de la Nación.


Lo que debía ser un acto republicano, un mensaje político ante representantes elegidos por el pueblo, terminó convertido en un espectáculo de confrontación verbal. Un Presidente exaltado, gestualmente agresivo, desbordado en sus expresiones y en sus palabras, descalificando a la oposición como si se tratara de una tribuna de fútbol y no del recinto donde se expresa la voluntad popular.

Repensar nuestra historia democrática implica también preguntarnos quiénes nos representan ante el mundo. La máxima autoridad del país no es un dirigente partidario más: es la cara visible de la República. Y cuando esa representación se construye sobre insultos, burlas y agravios, el daño no es solo político, es institucional.


La oposición con aciertos y errores representa a millones de argentinos que eligieron otro camino en las urnas. Descalificarla no es solo atacar a dirigentes, es desconocer esa porción del electorado.

Más grave aún fue observar la burla hacia una diputada que, más allá de su espacio ideológico, es una mujer en un país atravesado por años de lucha por el respeto y los derechos femeninos. En una Argentina donde cientos de mujeres fueron víctimas de violencia extrema por el odio irracional al género, y aquí la mofa desde el máximo poder del Estado nos interpela profundamente.


En las aulas, docentes enseñan todos los días respeto, tolerancia y convivencia democrática. ¿Qué mensaje baja en cadena nacional cuando el jefe de Estado grita, insulta y ridiculiza a sus adversarios? La corrupción es un problema real y estructural en la Argentina. Los errores de la política también lo son. Pero cuando un Presidente sentencia públicamente a sus opositores como si fuera juez, surge otra pregunta inevitable: ¿qué lugar ocupa la independencia de poderes?.


Las formas en democracia no son un detalle menor. Son la garantía de que el poder no se impone por la fuerza del grito, sino por la fuerza de la ley. Incluso el gesto de casi negar el saludo a la vicepresidenta y presidenta del Senado dejó una postal que habla más que cualquier discurso.


Entonces la pregunta persiste: ¿qué pasó con la honorabilidad del Congreso en marzo de 2026? ¿La perdió el recinto o fue manchada por quien no dimensiona el rol que ocupa? Argentina supo ser una de las democracias más sólidas y pacíficas de la región. Las diferencias políticas siempre existieron. Lo que no existía era esta naturalización del agravio como herramienta de conducción.


El Presidente suele señalar a Estados Unidos como ejemplo institucional. Allí, el respeto a las instituciones, a los predecesores y a los adversarios forma parte de la cultura democrática, incluso en los momentos de mayor polarización. La firmeza no es sinónimo de insulto. La autoridad no necesita humillar para imponerse, entonces ¿Qué versión de los Estdos Unidos ah observado?


Desde la Casa Rosada se está marcando un camino. La incógnita es cuál: ¿el del respeto institucional y el fortalecimiento democrático, o el del resentimiento y la confrontación permanente?


En una democracia de 43 años, esa no es una pregunta menor.

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