Por. Adolfo Chasampi.
Javier Milei siempre se ha caracterizado por la excentricidad y la demagogia en sus apariciones públicas. Sin embargo, hay momentos en los que los asesores presidenciales y su equipo de comunicación deberían recordarle o imponerle el rol institucional que hoy ocupa.
La Argentina atraviesa un escenario crítico: incendios que arrasan el sur del país, un consumo interno en caída libre, salarios congelados y jubilados que no dejan de manifestarse frente al Congreso reclamando derechos básicos. En ese contexto, el presidente parece más enfocado en el show político que en la gestión concreta de una crisis social profunda.
Mientras el Gobierno sostiene que “no hay dinero” para salud, educación o jubilaciones, el propio mandatario afirma sacar “de sus ahorros” recursos para sumarse a una supuesta campaña internacional de “paz”, impulsada por Donald Trump, una figura que propone imponer una dominación del mundo por capricho, apelando a la fuerza, vulnerando soberanías y quebrantando el derecho internacional. Para esa agenda, la Argentina habría comprometido cifras millonarias.
La pregunta es inevitable: ¿existe una hipnosis sobre el electorado argentino que justifique semejante contradicción? Aun con los errores, escándalos y hechos de corrupción que atravesaron a todos los espacios políticos, existía una Argentina donde la investidura presidencial conservaba seriedad y representatividad ante el mundo.
Hoy, la demagogia se mezcla peligrosamente con el espectáculo y las tablas de marquesina. Las peleas con artistas, la exposición mediática constante y los gestos grandilocuentes que nos remiten a escenas que no se veían con tanta crudeza desde los años noventa.
Mientras el país reclama conducción y respeto institucional, vemos a un presidente que recorre miles de kilómetros por el mundo, pero que desde que asumió no ha visitado provincias como Jujuy o Catamarca o mejor dicho no conoce su propio territorio y dominio. Un mandatario que hace uso intensivo del avión presidencial, más que muchos de sus antecesores desde el retorno de la democracia, y que cuestiona «los privilegios de la casta», se priva de financiamiento a la cultura mientras se sube a escenarios como el de Jesús María y los teatros de Mar del Plata. Un presidente que baila canciones de The Village People con banderas estadounidenses de fondo y entona el himno norteamericano en bases del sur argentino como Ushuaia.
La pregunta persiste: ¿hasta cuándo la demagogia? ¿Cuándo comenzará un trabajo serio y sostenido para un país de la relevancia estratégica que tiene la Argentina? La inflación baja, sí, pero ¿a qué costo? Baja porque el consumo se desploma, porque no hay demanda y porque las medidas de ajuste golpean brutalmente a los ciudadanos. Todo ello parece orientado más a recibir elogios del Fondo Monetario Internacional que a reconstruir un entramado productivo real.
El país se endeuda cada vez más, sin producción ni desarrollo, mientras empresas, pymes y fábricas cierran ante la desprotección de un Estado ausente que, por agradar al norte, abre indiscriminadamente las importaciones sin impuestos ni regulaciones, generando una competencia desigual y destructiva.
Un gobierno sesgado por el odio, que dice propagar «Las ideas de la libertad», pero que insulta, estigmatiza y humilla a mas no poder a los que piensan distinto, destrata a su propia Vicepresidente por el simple hecho de tener sensatez en medidas que perjudicarian a millones de argentinos, es por todo ello y quizás más que la verdadera incógnita del presente argentino es hoy, si detrás del espectáculo existe, finalmente, un proyecto de país serio y para todos y si ¿la libertad es solo para unos pocos o es un mero discurso de campaña?