La figura de Cayetano Santos Godino, conocido como el “Petiso Orejudo”, sigue siendo uno de los capítulos más oscuros y perturbadores de la crónica policial argentina.
Su historia, atravesada por la violencia, la marginalidad y la ausencia total de atención psiquiátrica en tiempos donde no existían diagnósticos modernos, continúa siendo objeto de análisis por parte de historiadores, criminólogos y especialistas en salud mental.
Un origen marcado por la violencia.
Cayetano Godino nació el 31 de octubre de 1896 en Buenos Aires, en el seno de una familia inmigrante de origen europeo.
Su infancia estuvo signada por un ambiente de extrema precariedad, violencia doméstica, abandono emocional y consumo de alcohol por parte de sus padres.
Desde muy pequeño mostró conductas que hoy se identificarían como signos graves de trastornos de conducta: maltrato a animales, incendios intencionales y agresiones a otros niños.
Escalada delictiva
Entre 1904 y 1912, cuando apenas era un adolescente, Godino protagonizó una serie de ataques, incendios y agresiones que culminaron en la muerte de al menos cuatro niños, además de numerosos intentos de homicidio.
Su corta estatura y sus rasgos físicos llamativos le valieron el apodo con el que pasaría a la historia.Fueron años en los que las instituciones del Estado tenían escasas herramientas para enfrentar situaciones de salud mental o criminalidad juvenil.
Varias veces fue detenido y liberado por falta de pruebas, hasta que finalmente la policía logró detenerlo tras el asesinato de un niño de 3 años en 1912.
Detención y encierro.
Tras un proceso judicial sin precedentes para la época, Godino fue declarado inimputable por ser menor de edad, pero quedó alojado primero en la Penitenciaría Nacional y luego, desde 1923, en el Penal de Ushuaia. Allí permaneció hasta su muerte en 1944.
Su caso impulsó debates en la prensa, en el ámbito judicial y entre médicos psiquiatras, que empezaban a estudiar el comportamiento antisocial y los trastornos severos de personalidad en la infancia.
Un caso que quedo en la historia.
La historia del “Petiso Orejudo” es recordada no solo por la brutalidad de sus actos, sino porque marcó un antes y un después en el abordaje del delito infantil y en la necesidad de instituciones especializadas, prevención, contención y diagnóstico temprano.
Su vida expone las fallas del sistema de protección de menores de principios del siglo XX y abre aún hoy preguntas sobre cómo detectar y tratar situaciones de riesgo extremo en la infancia.
El caso continúa siendo estudiado como un fenómeno histórico y criminológico, no como un elemento de morbo, y recuerda la importancia de las políticas públicas de acompañamiento, salud mental y cuidado de niños y adolescentes.