La visita del papa León XIV al Líbano se convirtió en un mensaje directo a la región en un momento marcado por la inestabilidad política y las tensiones interconfesionales.
Desde su llegada a Beirut este lunes, el pontífice insistió en la necesidad de fortalecer la paz, el diálogo y la convivencia religiosa como pilares para reconstruir la confianza entre comunidades afectadas por años de crisis.
Durante su primera parada en el monasterio de San Marón, en Annaya, el Papa rezó ante la tumba de San Charbel Makhlouf, figura venerada tanto por cristianos como por musulmanes. Allí ofreció una lámpara como símbolo de esperanza para un país golpeado por la crisis económica y el deterioro social, y pidió oraciones por la estabilidad regional.
Su presencia generó una multitudinaria movilización de fieles que lo acompañaron bajo la lluvia, entre banderas, pétalos y expresiones de bienvenida.
El momento central de la jornada ocurrió en la Plaza de los Mártires, donde encabezó un encuentro interreligioso con representantes cristianos, musulmanes y drusos.
En ese escenario, León XIV afirmó que el Líbano debía reafirmarse como modelo de coexistencia, destacando que la diversidad confesional no debía ser un factor de división, sino una oportunidad para construir un futuro común basado en el respeto y la cooperación.
Su mensaje encontró eco en un país que atraviesa una de las etapas más complejas de su historia reciente. Con una población golpeada por la migración forzada, la precariedad económica y las tensiones sectarias, la visita papal fue interpretada como un gesto de apoyo y una convocatoria a no abandonar la patria.
En su despedida, el pontífice subrayó que la paz comienza en las comunidades y que el Líbano puede volver a ser un símbolo de pluralidad y tolerancia en Medio Oriente.