Cada año, mientras la provincia se prepara para honrar a la Virgen del Valle, en el departamento Fray Mamerto Esquiú florece una tradición que habla de gratitud, fe y comunidad. Un ritual silencioso y profundo, sostenido por mujeres que encuentran en la devoción un modo de transformar su fe en belleza: los arreglos florales que engalanan el altar de la Morenita.
Este gesto de amor está liderado por Alejandra Quiroga, quien desde hace varios años coordina un pozo común para reunir lo necesario y dedicar un día completo a la decoración floral de la imagen sagrada. Alejandra recuerda que esta historia comenzó casi por casualidad, cuando una compañera de trabajo la invitó por primera vez a colaborar. “Desde ese día sentí que la Virgen me había llamado. Me emocionó ver cómo cada flor colocada era una oración, un agradecimiento, una súplica. Y nunca más dejé de venir”, contó.
Con el paso del tiempo, su acción se volvió un pequeño movimiento comunitario. “Fui invitando a vecinas, conocidas, amigas del departamento… muchas se sumaron porque también habían recibido un favor o querían ofrecer algo de sí para la Virgen”, explicó. Así, la devoción se extendió y hoy Alejandra no está sola: a su lado trabajan Rosa Moya de Cejas, Bárbara Ponce, Adriana Rojas, Celeste Pacheco, Albana Correa Seco y su hija, Nancy Carrizo, Sonia y Cecilia Quiroga y María Segovia.
Para estas mujeres, preparar los arreglos florales no es simplemente decorar: es un acto espiritual. Cada flor representa una historia personal, una gratitud profunda, una esperanza compartida. Algunas llegan en silencio, otras entre lágrimas o sonrisas, pero todas con un mismo propósito: devolverle a la Virgen un poco de todo lo recibido.
El proceso comienza temprano, con la selección de las flores y los colores que acompañarán a la Morena en su altar. Luego, con dedicación y cuidado, las manos trabajan al ritmo de la fe. Entre pétalos se escuchan pequeñas oraciones, recuerdos de favores concedidos y promesas renovadas. La catedral se llena de perfume y color, pero también de la energía espiritual que estas mujeres transmiten con su entrega.
Esta tradición, que para muchos podría parecer simple, guarda un profundo significado para la comunidad. Es una forma de mantener viva la identidad y el cariño hacia la Virgen del Valle, una expresión colectiva de amor que no necesita grandes palabras porque se cuenta sola, entre flores y gestos.
En tiempos donde la vida suele correr de prisa, estas mujeres recuerdan que la fe también se cultiva con actos sencillos, con manos que trabajan juntas y con corazones que se unen para rendir homenaje a quien consideran Madre y Protectora.
Una tradición que año a año florece, como símbolo de la devoción intacta de los hijos de la Morena… y que demuestra que cuando la fe se ofrece con el alma, se convierte en belleza que ilumina.

