Recomendación.
Entre el grotesco, la psicosis y la crítica social, La nona se convirtió en una de las películas más incómodas y lúcidas del cine argentino, al retratar cómo la miseria económica puede descomponer los vínculos, la moral y la mente humana.
Una comedia que deja de ser graciosa.

Estrenada en 1979 y dirigida por Héctor Olivera, La nona adapta al cine la obra teatral de Roberto Cossa y se instala en un territorio incómodo: el del humor que duele. Lo que comienza como una comedia costumbrista muta progresivamente hacia una pesadilla cotidiana, donde la risa se vuelve nerviosa y finalmente se apaga.
La figura central es la abuela insaciable, interpretada de manera magistral, que come sin parar mientras la familia se hunde. Ese acto repetitivo, casi mecánico, es el motor de la película y también su símbolo más potente.
La psicosis del encierro y la desesperación.
A nivel psicológico, La nona es un retrato del deterioro mental producido por la pobreza extrema. Los personajes viven atrapados en un círculo sin salida: trabajan más, se esfuerzan más, pero cada intento de progreso es anulado por una carga imposible de sostener.
La casa espacio central del relato, funciona como una prisión emocional. El encierro, la falta de futuro y la presión constante generan paranoia, violencia y quiebre de los lazos afectivos. La familia deja de verse como tal y pasa a comportarse como un grupo de supervivientes en guerra entre sí.
La Nona, casi inmortal, parece ajena al sufrimiento que provoca. Su presencia constante y su hambre infinita construyen una sensación de amenaza permanente, cercana al terror psicológico.
Crítica social: el sistema que se alimenta de los que trabajan.
Más allá del drama familiar, la película es una alegoría brutal de la sociedad argentina. La Nona representa al sistema que consume sin producir, que exige sacrificios sin ofrecer recompensas. Los personajes que trabajan, se esfuerzan y buscan salir adelante son los que terminan destruidos.
La película desmonta el mito del progreso individual y expone la inutilidad del esfuerzo en un contexto estructuralmente injusto. No hay mérito que alcance ni trabajo que salve: todo es devorado.
En ese sentido, La nona dialoga directamente con la Argentina de crisis cíclicas, donde los que sostienen el sistema suelen ser los primeros en caer.
El grotesco criollo como identidad.
La nona se inscribe de lleno en la tradición del grotesco argentino, donde lo exagerado revela verdades profundas. La risa no libera: incomoda. El absurdo no distrae: denuncia.
Este recurso, tan propio del teatro y el cine nacional, permite decir lo que el realismo puro no alcanza. La exageración del hambre es, en realidad, una radiografía precisa de una sociedad desigual.
Un lugar central en el cine argentino.
Con el paso del tiempo, La nona se consolidó como una obra fundamental del cine nacional. No solo por su calidad artística, sino por su vigencia. Décadas después, su mensaje sigue resonando con fuerza en cada crisis económica y en cada familia empujada al límite.
Es una película que incomoda, que no ofrece consuelo ni finales felices, y que obliga a mirar de frente una realidad que se repite. Por eso sigue siendo relevante, necesaria y profundamente argentina.
Una metáfora que nunca se sacia.
La nona no habla solo de una abuela que come sin parar. Habla de un país, de un sistema y de una lógica que devora a quienes intenta sostenerlo.
Su mayor virtud es no señalar culpables individuales, sino exponer una maquinaria implacable.
Y quizás por eso sigue dando miedo: porque la Nona nunca muere. Y el hambre, tampoco.