Cada 28 de diciembre, el calendario cristiano recuerda el Día de los Santos Inocentes, una fecha que, más allá de las bromas populares que con el tiempo se fueron instalando, tiene un origen profundamente doloroso y trágico.
Se trata de una conmemoración que remite a uno de los episodios más crudos relatados en el Evangelio según San Mateo: la matanza de niños ordenada por el rey Herodes en Belén, en un intento desesperado por eliminar al recién nacido Jesús, a quien consideraba una amenaza para su poder.
Según la tradición bíblica, Herodes, al verse engañado por los Reyes Magos que no regresaron a informarle el paradero del Niño, dispuso la muerte de todos los niños menores de dos años en la región. Aquellos pequeños, conocidos como los “Santos Inocentes”, murieron sin culpa alguna, convirtiéndose en símbolo del sufrimiento injusto y de la violencia ejercida contra los más vulnerables.
La Iglesia Católica los reconoce como mártires, no por haber profesado conscientemente su fe, sino por haber sido víctimas de un acto de crueldad motivado por el miedo, la ambición y el abuso de poder. En este sentido, la fecha invita a una profunda reflexión sobre el valor de la vida, especialmente la de los niños, y sobre las consecuencias devastadoras de la violencia y la intolerancia.
Con el paso de los siglos, en muchos países de tradición hispana, el Día de los Santos Inocentes fue adquiriendo un carácter popular ligado a las bromas y engaños, una costumbre que contrasta fuertemente con el origen trágico de la conmemoración.
Si bien estas prácticas forman parte de la cultura, distintos sectores de la Iglesia y de la sociedad recuerdan que el sentido original de la fecha es de duelo y memoria.
En la actualidad, el Día de los Santos Inocentes también puede leerse como un llamado de atención frente a las múltiples formas de violencia que aún hoy afectan a niños y niñas en todo el mundo: guerras, pobreza, abuso, abandono y explotación. La historia que se recuerda cada 28 de diciembre no pertenece solo al pasado, sino que interpela al presente y obliga a repensar el compromiso colectivo con la protección de la infancia.
Así, en medio de un calendario festivo que aún transita el clima navideño, esta jornada se presenta como un momento de pausa, memoria y reflexión, recordando que la Navidad también tiene un costado de dolor y que la paz proclamada en Belén sigue siendo una deuda pendiente en muchos rincones del mundo.