Actualidad 06 de septiembre de 2026

Malvinas: una causa justa, con interesados poco justos.

Boggio
InShot 20260906 170912688

Editorial por Adolfo Chasampi.


Malvinas: una causa legítima de la República Argentina que, por herencia histórica y por aspectos claramente geográficos y territoriales, forma parte de un reclamo de soberanía que nuestro país sostiene desde hace generaciones. Sin embargo, por los errores políticos que vienen desde el siglo XIX, su ocupación terminó, ni más ni menos, en manos de una potencia extranjera con un marcado historial de colonialismo como lo es Gran Bretaña. La ocupación británica de 1833 no borró el reclamo argentino; por el contrario, la cuestión Malvinas se convirtió en una disputa de soberanía reconocida por las Naciones Unidas, que mediante la Resolución 2065, aprobada el 16 de diciembre de 1965, llamó a Argentina y al Reino Unido a negociar una solución pacífica.


Se debe tener en claro que el sur de nuestro país, desde el inicio de la conformación del territorio nacional, ha sido una región históricamente postergada y alejada de los grandes centros de decisión. Desde 1810 hasta la consolidación territorial de la Patagonia durante el siglo XIX, y particularmente después de la llamada Conquista del Desierto, el sur argentino comenzó a tomar una notoriedad que con el tiempo sería cada vez mayor. Pero fue con el descubrimiento y la explotación del petróleo, a comienzos del siglo XX, cuando la Patagonia comenzó a transformarse definitivamente en una pieza estratégica para la Argentina y también para los intereses internacionales. La política petrolera impulsada durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen tuvo continuidad con la creación de YPF en 1922, durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear. Desde entonces, el sur dejó de ser simplemente una región distante para convertirse en una de las perlas más preciadas por Buenos Aires y, con ella, en un territorio capaz de despertar el interés internacional.


Las grandes crisis que llegarían a nuestro país durante las décadas posteriores, y especialmente durante la última dictadura militar, llevarían a años de decisiones que terminarían condicionando el reclamo soberano. Una dictadura fuertemente vinculada al contexto geopolítico de Washington, atravesada por la Doctrina de Seguridad Nacional y por el Plan Cóndor, encontró a una Argentina endeudada, socialmente golpeada y con un régimen que comenzaba a sentir el peso del descontento popular. Y aun así, la cuestión Malvinas siempre estuvo presente, como ese jardín trasero de la Casa Blanca donde las grandes potencias miraban nuestros recursos y nuestro posicionamiento estratégico en el continente.


Y allí volverían a ponerse en tela de juicio las hermanas perdidas del sur: Malvinas. Ante un sistema claramente devastado por las deudas y el clamor popular, la dictadura de Leopoldo Fortunato Galtieri llevó al país a tomar una de las decisiones más fuertes en el plano geopolítico del siglo XX: la recuperación militar de las islas el 2 de abril de 1982. Desde el balcón de la Casa Rosada llegaría aquella frase que quedaría grabada en la memoria argentina: “Si quieren venir, que vengan; les presentaremos batalla”. Una batalla que teñiría de sangre argentina las nieblas australes.


Fue uno de los momentos más duros de nuestra historia reciente: muertes injustas por una causa justa, jóvenes enviados a combatir en condiciones extremas, traiciones inesperadas que duelen y no se perdonan hasta el día de hoy como la posición adoptada por Chile durante el conflicto, y el cuchillo por la espalda de una potencia que, pese a sus vínculos históricos con Argentina, terminó respaldando a Gran Bretaña. Y lo peor de todo: la mentira franca de una guerra que durante semanas fue presentada por buena parte de la prensa oficialista como una guerra ganada, mientras la realidad en las islas era completamente diferente. La guerra terminó el 14 de junio de 1982 con la rendición argentina y dejó 649 argentinos muertos.


Malvinas quedó entonces atada para siempre a una contradicción: una causa justa conducida por un gobierno ilegítimo. El sistema se derrumbó y en 1983 volvió la democracia con Raúl Alfonsín. Pero la democracia heredó una herida abierta: Malvinas, las hermanas dadas en adopción por malas decisiones, junto con los problemas internos que nos llevarían décadas para recuperarnos.


Y llegó 2001. El gran estallido de una Argentina en bancarrota, frente a deudas con el FMI imposibles de sostener, una crisis social en ebullición y un Estado que parecía desmoronarse. En ese contexto, nuevamente la causa Malvinas quedó en el anonimato, por no decir en el olvido. El país tenía demasiados problemas internos como para mirar hacia el Atlántico Sur.


Con el ingreso del kirchnerismo al poder, Malvinas, el nacionalismo y el sentir nacional volverían a estar sobre el escritorio de Balcarce 50. Pero esta vez la causa Malvinas tendría un trasfondo mucho más diplomático. El reclamo argentino encontró nuevamente un espacio central en el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas y en la política exterior argentina. Cristina Fernández de Kirchner profundizó ese reclamo ante los organismos internacionales y volvió a colocar Malvinas ante los ojos del mundo. Naciones Unidas ya había reconocido desde 1965 la existencia de una disputa de soberanía y continúa incluyendo a las islas en su lista de Territorios No Autónomos.


Pero nuevamente vuelve el fantasma intervencionista de Pensilvania. Esta vez con un modelo mucho más fuerte de imposición e irrespeto a las soberanías nacionales como el que representa Donald Trump. Un “Libertador” de Estados, aunque no como San Martín ni Bolívar. Porque este “Libertador” tiene un caché y ese caché tiene un costo muy alto para los Estados, sus recursos y sus intereses.

Venezuela e Irán aparecen como ejemplos de países atravesados por la confrontación con Washington y, al mismo tiempo, profundamente vinculados al mercado petrolero. Y no parece casual que el petróleo vuelva a aparecer una y otra vez en el mapa de los grandes conflictos geopolíticos.


Ahora la pregunta se traslada a Argentina y Reino Unido: dos polos totalmente opuestos y, a su vez, dos países que afrontan problemas vinculados con crisis económicas y deudas, aunque desde realidades completamente diferentes. Y entre ellos, el que hoy podría mostrarse más perjudicado ante los ojos de Trump son los británicos. Las recientes declaraciones del presidente estadounidense sobre el Reino Unido y su posición frente al conflicto con Irán vuelven a colocar una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿Estados Unidos está modificando su histórica posición respecto de Malvinas? Si así fuera, ¿por qué lo hace? ¿Con qué fin?


La pregunta no tardó en llegar al escritorio que hoy ocupa Javier Milei. Un presidente derechista, amigo político de Trump y cuyo Gobierno mantiene una relación estratégica con Washington. Pero también un presidente que necesita sostener la estabilidad económica, mantener el respaldo financiero internacional y llegar fortalecido al próximo escenario electoral. En 2025, el respaldo estadounidense fue decisivo para la estabilidad financiera argentina, incluyendo un swap de 20.000 millones de dólares y una estructura de apoyo que llegó a involucrar hasta 40.000 millones de dólares entre distintos mecanismos.


Y actualmente, a meses de iniciar un nuevo año electoral, con un escenario político que no resulta sencillo para el sector libertario, una fuerte discusión social alrededor del rumbo económico y la necesidad de mantener tranquilos al FMI y a los mercados, aparece nuevamente un contexto geopolítico crucial: el petróleo.


El avance de las investigaciones y proyectos petroleros alrededor de Malvinas, particularmente alrededor del yacimiento Sea Lion, vuelve a poner al archipiélago en el centro de la discusión. Las estimaciones hablan de alrededor de 1.700 millones de barriles de petróleo, mientras las empresas involucradas sostienen la legitimidad de sus licencias otorgadas por las autoridades de las islas y respaldadas por el Reino Unido. Para Argentina, esas actividades se realizan sobre un territorio cuya soberanía reclama nuestro país. Y allí Malvinas deja de ser solamente una bandera histórica para convertirse nuevamente en una cuestión de recursos estratégicos.


A esto se suma la cercanía de las islas con la Antártida, el valor estratégico del Atlántico Sur y el creciente interés mundial por los recursos naturales. El enojo de Trump por distintos escenarios internacionales, su disputa por espacios estratégicos como Groenlandia y su mirada sobre los recursos energéticos mundiales no dejan precisamente al “niño caprichoso” contento. Y ahora hay otro objetivo que podría hacer felices a ambos “amigos”: Malvinas.


Milei necesita reivindicar su imagen, consolidar su posición política, sostener la confianza de los mercados y mantener el respaldo de Washington. Trump mira hacia el sur y observa una región donde existen petróleo, recursos naturales, rutas estratégicas y una posición privilegiada frente a la Antártida.
Entonces la pregunta vuelve a ser inevitable.

¿Malvinas?


Una causa justa.


Una causa legítima.


Una causa que pertenece a todos los argentinos.
Pero, quizás, con interesados poco justos.
Porque si Estados Unidos decide modificar su posición sobre Malvinas, Argentina no debería simplemente preguntarse si finalmente Washington está de nuestro lado.
Deberíamos preguntarnos algo mucho más importante:


¿Por qué ahora?
¿Qué busca Estados Unidos en el Atlántico Sur?
¿Qué busca Gran Bretaña?
¿Qué busca Milei?


Y, sobre todo, ¿qué estamos dispuestos a entregar para que otros defiendan aquello que históricamente reclamamos como nuestro?
Malvinas no puede convertirse nuevamente en una moneda de cambio.


Porque las Malvinas son argentinas.
Pero el petróleo también lo es.
La Antártida también forma parte de nuestra mirada estratégica.


El Atlántico Sur también es nuestro espacio de soberanía e intereses.


Y la soberanía, cuando se negocia por conveniencia política, deja de ser soberanía.
Malvinas es una causa justa. Pero en un mundo donde las grandes potencias rara vez hacen algo gratis, quizás tengamos que empezar a preguntarnos si detrás de quienes dicen venir a defender nuestra causa no existe, en realidad, otro interés.


Malvinas: una causa justa, con interesados poco justos.

En vivo
Listo para reproducir
Musica con Estilo