
La industria textil argentina atraviesa un escenario de fuerte tensión frente al avance de las importaciones, que actualmente ya representan cerca del 70% del abastecimiento del mercado interno, según datos difundidos por la Fundación Pro Tejer.
El dato marca un cambio profundo respecto del esquema histórico, en el que la producción nacional y los productos importados tenían una participación aproximadamente equilibrada. Desde el sector advierten que la apertura comercial, la desregulación de las importaciones y las condiciones cambiarias están generando una presión cada vez mayor sobre fábricas, talleres y empresas nacionales.
El problema, de acuerdo con la entidad que representa a la cadena textil, no se limita al aumento del volumen de productos extranjeros. Pro Tejer cuestiona particularmente las condiciones bajo las cuales ingresan determinados bienes y habla de una “competencia fraudulenta”, al advertir sobre posibles situaciones de subfacturación, falta de controles y diferencias regulatorias que colocarían a los productores locales en una posición difícil de sostener. En el primer semestre de 2026 ingresaron al país 177.356 toneladas de productos textiles e indumentaria por unos US$911 millones. Si bien el volumen total mostró una caída interanual del 20% y el valor descendió 5%, la evolución no fue homogénea: mientras retrocedieron fuertemente materias primas, hilados y tejidos, las importaciones de productos terminados continuaron creciendo.
Ese comportamiento es uno de los puntos que más preocupa al entramado industrial. Según los datos difundidos por el sector, durante el primer semestre las importaciones de indumentaria aumentaron 62% en toneladas y 36% en dólares, mientras que las confecciones para el hogar crecieron 26% en toneladas y 7% en dólares.
En paralelo, las compras externas de materias primas cayeron 33%, los hilados 43%, los tejidos planos 52% y los tejidos de punto 34%. La combinación de ambos fenómenos muestra un mercado donde pierde espacio la producción industrial local de los primeros eslabones de la cadena mientras gana terreno el ingreso de bienes terminados, un proceso que puede profundizar la dependencia de proveedores externos y debilitar la capacidad productiva instalada.
La discusión, por lo tanto, excede el precio de una prenda y plantea un debate de fondo sobre el modelo industrial argentino. Para los defensores de una mayor apertura comercial, el ingreso de productos importados puede ampliar la oferta y presionar a la baja los precios para los consumidores; para la industria nacional, esa competencia solamente puede considerarse sostenible si todos los actores enfrentan condiciones equivalentes en materia tributaria, laboral, logística, aduanera y de controles.
El sector textil sostiene que esa igualdad actualmente no existe y reclama medidas que permitan competir en condiciones justas, al tiempo que advierte sobre las consecuencias que una contracción prolongada podría tener sobre el empleo y sobre una cadena productiva que involucra desde la producción de fibras e hilados hasta fábricas, talleres y comercios.
El desafío para el Gobierno nacional queda planteado entre dos objetivos que suelen entrar en tensión: garantizar productos accesibles para los consumidores sin provocar que la apertura comercial termine acelerando el retroceso de una parte significativa de la industria argentina.



